miércoles, 6 de noviembre de 2019

Cap. II - Bella y suave como la luna, que recibe su luz del sol y la atempera... (TVD, 85-6)






85. Entre tanto, ¿ no tenemos acaso necesidad de un mediador ante el propio Mediador? ¿Es nuestra pureza suficientemente grande como para unirnos a El  directamente  y por nosotros mismos? ¿No es El, acaso, Dios, en todo igual a su Padre y, por consiguiente, el Santo de los santos, tan digno de respeto como su Padre? Si, por su infinita caridad, El se ha hecho nuestro fiador y nuestro Mediador ante Dios, su Padre, para apaciguarlo y pagarle lo que le debíamos, ¿tendremos por eso menos respeto y temor por su majestad y santidad?
Digamos pues con audacia, con San Bernardo, que tenemos necesidad de un mediador ante el propio Mediador, y que la divina María es la más capaz de cumplir este oficio caritativo. Es por Ella que Jesucristo ha venido a nosotros, y es por Ella que debemos ir a El.
Si tememos ir directamente a Jesucristo, nuestro Dios, sea a causa de su grandeza infinita, o bien de nuestra bajeza, o de nuestros pecados, imploremos audazmente la ayuda y la intercesión de María, nuestra Madre: Ella es buena, Ella es tierna; no hay en Ella nada de austero ni que nos repela, nada de demasiado sublime y demasiado brillante. Al verla, vemos nuestra pura naturaleza. Ella no es el sol que, por la fuerza de sus rayos podría encandilarnos por nuestra debilidad. Más…,  Ella es bella y suave como la luna 1), que recibe su luz del sol y la atempera para tornarla conforme nuestro pequeño alcance. Ella es tan caritativa que no rechaza a ninguno de los que piden su intercesión, por más pecadores que sean. Pues, como dicen los santos, jamás se ha oído decir, desde que el mundo es mundo, que ninguno que haya recurrido a la Santa Virgen con confianza y perseverancia, haya sido rechazado. Ella es tan poderosa que jamás ha sido desairada en sus pedidos. Ella no tiene más que mostrarse ante su Hijo con alguna demanda; inmediatamente, El se la concede; El es amorosamente vencido por los pechos, las entrañas y los ruegos de su santísima Madre.
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1) Cant., VI, 9
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86. Todo lo dicho está sacado de San Bernardo y de San Buenaventura, de suerte que, según ellos, tenemos tres escalones a subir para ir a Dios: el primero, que es más próximo a nosotros, y el más conforme a nuestra capacidad, es María; el segundo,  es Jesucristo; y el tercero, es Dios Padre. Para ir a Jesucristo, hay que ir a María, que es nuestra mediadora de intercesión; para ir al Padre Eterno, hay que ir a Jesús, que es nuestro mediador de redención. Ahora, por la devoción que  explicaré enseguida, es el orden que se guarda, perfectamente.
Cfr. “TRAITÉ de La Vraie Dévotion à la Sainte Vierge”, de San Luis María de Montfort, 6e Édition – 48e-62e mille – PÈRES MONTFORTAINS (Cie de Marie), LOUVAIN (Belg.)

Traducido del original francés por este blog IPSA CONTERET conservando todo lo posible los términos y redacción del santo autor.
© Luis M. Mesquita Errea - Elena B. Brizuela y Doria de Mesquita E. - Ipsaconteret.blogspot.com

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