lunes, 28 de abril de 2014

28 de abril: festividad de San Luis María - Evocando la gesta de la chouannerie, flor caballeresca y santa brotada de su apostolado

28 de abril: festividad de San Luis MaríaGrignion SLMGde Montfort
Cuando en 1789 la creciente lo arrastraba todo, y los ‘imprevisores’ lloraban, huían o morían, sólo chocó contra un obstáculo. Fue la Chouannerie, flor caballeresca y santa, nacida del apostolado de San Luis María Grignion de Montfort… (Plinio Corrêa de Oliveira)
Ilustraciones: San Luis María de Montfort y los grandes jefes de la Chouannerie: La Rochejacquelein, d’Elbée, Charette
Chouannerie La Rochejacquelein Los valles y cerros de América parecen un marco adecuado para evocar la prédica de San Luis María de Montfort en las aldeas, ciudades, bosques y valles de la Francia del Antiguo Régimen, en el mes en que se celebra su fiesta. Pues fue, esencialmente, un apóstol de poblaciones rurales que se levantaron en defensa del Reino Cristianísimo,  amenazadas por la Revolución gnóstica e igualitaria.
Su palabra no se limitaba a enseñar las verdadesChouannerie d'Elbée de la Fe en términos genéricos sino que estaba adaptada estratégicamente a combatir los males del momento con enseñanzas oportunas. De ahí su repercusión y sorprendente actualidad…, pues los errores que generaron la Revolución Francesa están en la médula de los males actuales.
Ahora bien, su “aggiornamento” no tenía nada en común con la tendencia progresista a buscar a toda costa un consenso relativista que caiga bien al enemigo. Capaz del diálogo afable y atrayente, San Luis María no perdía de vista el papel de los pecados y la influencia del espíritu de las tinieblas en la inmensa lucha movida por la impiedad contra la Iglesia y la Civilización Cristiana. Su diagnóstico de los problemas nunca olvidaba esos elementos. Lejos de ciertos progresistas, no pensaba que polemizar con los enemigos del orden católico fuese siempre un error y un pecado contra la caridad.
La sociedad francesa estaba gravemente Chouannerie Charetteenferma. Dos tipos de psicologías eran las predominantes: los laxos y los rigoristas. Los laxos llevaban una vida de sensualidad y desenfreno que conducía a la disolución,  al escepticismo y a la pérdida de la Fe; y los rigoristas estaban imbuidos de un moralismo jansenista, calvinista y sombrío, contrario también a la Fe, que conducía a la desesperación y a la rebelión.
Mundanismo y jansenismo eran dos polos que ejercían una nefasta atracción, aún en los ambientes y personas considerados mejores. Como suele pasar con los extremos del error, ambos llevaban a un mismo resultado. Nada más normal que la coligación de los errores extremos y contrarios frente al apóstol que predicaba la doctrina católica auténtica, dice Plinio Corrêa de Oliveira (*), y así el odio de las dos corrientes cayó sobre el Apóstol de la Verdad.  Al mismo tiempo, sus sermones sacudían las almas y movían a la contrición y al entusiasmo, y las personas liberadas de esa carga moral y espiritual destruían objetos y libros infames y degradantes en memorables actos de fe públicos.
Su obra de regeneración moral tenía un sentido fundamentalmente sobrenatural y piadoso. Estaba centrada en Jesucristo crucificado, sus llagas sacratísimas, los Dolores de María, y promovió la erección de un gran Calvario en Pont-Château (en la zona de Morbihan, célebre por sus guerreros contra-revolucionarios chouans), que sería el punto de convergencia del movimiento espiritual suscitado por él.
Pues en la Cruz veía nuestro Santo la fuente de una superior sabiduría, que enseña al hombre a ver y amar en las cosas creadas manifestaciones y símbolos de Dios; a poner la Fe por encima de la razón orgullosa; la Fe y la lógica por sobre la rebelión de los sentidos;  y la moral sobre la voluntad desordenada. Asimismo, lo espiritual por encima de lo material, lo eterno por sobre lo contingente y transitorio.
Su prédica, ajena a todo calvinismo, era suavizada por una tiernísima devoción a la Ssma. Virgen. Puede decirse que nadie Ilevó más alto que él la devoción a la Madre de Misericordia. Nuestra Señora, Mediadora necesaria -por elección divina- entre Jesucristo y los hombres, fue el objeto de su continua admiración amorosa, el tema que suscitó sus meditaciones más profundas y originales, inspiradamente geniales. En torno de la Mediación Universal de María -hoy verdad de Fe- construyó toda una mariología que es el mayor monumento de todos los siglos a la Virgen Madre de Dios.
        En otro artículo veremos la persecución que se levantó contra él y cómo se reveló su espíritu de profecía. Y la reacción surgida en la Vendée al explotar la Revolución Francesa:

“Cuando en 1789 la creciente lo arrastraba todo, y los ‘imprevisores’ lloraban, transigían, huían o morían, sólo chocó contra un obstáculo. Fue la Chouannerie, flor caballeresca y santa, nacida del apostolado de San Luis María Grignion de Montfort. Son los premios de quienes saben prever” (**).
Notas y fuentes bibliográficas
(*) Plinio Corrêa de Oliveira, “Revolución y Contra-Revolución”, edición on line, Introducción a la edición argentina. Tradición, Familia, Propiedad, 1992.
(**) Plinio Corrêa de Oliveira, “El Reino de María, realización de un mundo mejor”, Catolicismo nº 55, julio de 1955).
Marie-Claire et François Gousseau, “St Louis-Marie”, Ed. M.A.M.E., Francia, 1963
Marcel Lidove, “Les Vendéens de 93”, Ed. Le temps qui court, Franca, 1971
Louis Le Crom, Montfortain, “Un Apôtre marial”, Saint Louis-Marie Grignion de Montfort (1673-1716), Calvaire Montfort, Pont-Château, Loire-Inférieure, Francia, 1942
 007 Roland recortado

sábado, 19 de abril de 2014

Debemos vaciarnos de lo que hay de malo en nosotros








ARTICULO III
Debemos vaciarnos de lo que hay de malo en nosotros
TERCERA VERDAD
78. Nuestras mejores acciones son ordinariamente ensuciadas y corrompidas por el mal fondo que hay en nosotros. Cuando se pone agua limpia y clara en una tinaja que huele mal, o vino en una vasija cuyo contenido está echado a perder por otro vino que estuvo allí adentro, el agua clara y el buen vino se echan a perder y fácilmente toman mal olor.
Del mismo modo, cuando Dios pone en la vasija de nuestra alma, echada a perder por el pecado original y actual, sus gracias y rocíos celestiales, o el vino delicioso de su amor, sus dones se echan comúnmente a perder y se ensucian por la mala levadura y el mal fondo que el pecado ha dejado en nosotros; nuestras acciones, y aún las virtudes más sublimes, se resienten.
Es pues de gran importancia para adquirir la perfección, que no se obtiene sino por la unión a Jesucristo, vaciarnos de lo que hay de malo en nosotros: de lo contrario, Nuestro Señor, que es infinitamente puro y odia infinitamente la menor suciedad en el alma, nos rechazará de su vista y no se unirá en absoluto a nosotros.
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Para vaciarnos de nosotros mismos hace falta en primer lugar conocer bien, por la luz del Espíritu Santo, nuestro mal fondo, nuestra incapacidad para todo bien útil a la salvación, nuestra debilidad en todas las cosas, nuestra inconstancia en todo tiempo, nuestra indignidad de toda gracia y nuestra iniquidad en todo lugar.
El pecado de nuestro primer padre nos ha casi totalmente echado a perder, agriado, hinchado y corrompido, como la levadura agria, hincha y corrompe la masa en que se la pone.
Los pecados actuales que hemos cometido, mortales o veniales, tan perdonados como estén, han aumentado nuestra concupiscencia, nuestra debilidad, nuestra inconstancia y nuestra corrupción, y han dejado malos restos en nuestra alma.
Nuestros cuerpos están tan corrompidos que el Espíritu Santo los llama (1) cuerpos del pecado, concebidos en el pecado, alimentados en el pecado y sólo capaces de todo pecado, cuerpos sujetos a mil y mil enfermedades, que se corrompen de día en día y que no engendran más que sarna, parásitos y corrupción.
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1) Rom., VI, 6 – Ps. L, 7
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Nuestra alma, unida a nuestro cuerpo, se ha hecho tan carnal, que es llamada carne: Toda carne había corrompido su camino (2). No teníamos por herencia más que orgullo y ceguera de espíritu, endurecimiento de corazón, debilidad e inconstancia en el alma, concupiscencia, pasiones rebeldes y enfermedades en el cuerpo.
Somos naturalmente más orgullosos que los pavos reales, más apegados a la tierra que los sapos, más feos que los chivos, más envidiosos que las serpientes, más glotones que los cerdos, más coléricos que los tigres y más perezosos que las tortugas, más débiles que las cañas y más inconstantes que las veletas.
No tenemos en nuestro fondo sino nada y pecado, y no merecemos sino la ira de Dios y el infierno eterno (1).
Después de esto, ¿debemos sorprendernos de que Nuestro Señor haya dicho que quien quisiera seguirlo debía renunciar a sí mismo y odiar su alma; que aquel que amara su alma la perdería, y que aquel que la odiase la salvaría (2)?
Esta Sabiduría infinita, que no da sus mandatos sin razón, no nos ordena odiarnos a nosotros mismos sino porque somos grandemente dignos de odio: nada más digno de amor que Dios, nada tan digno de odio que nosotros mismos.
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1) Nota de los editores (síntesis): Lo que San Luis María afirma aquí es nuestra incapacidad de ser fieles sin el auxilio de la gracia.
N. de la R.: …y lo  hace para mejor enseñar que este problema tiene solución practicando la verdadera devoción a la Ssma. Virgen según el método que él enseña en este, su Tratado.
2) S. Juan, XII, 25
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81. En segundo  lugar, para vaciarnos de nosotros mismos hace falta morir a nosotros mismos todos los días; es decir que hay que renunciar a las operaciones de las potencias de nuestra alma y de los sentidos del cuerpo; que hace falta ver como si no viésemos, oír como si no oyésemos, servirnos de las cosas de este mundo como si no nos sirviésemos de ellas (1), lo que San Pablo llama morir todos los días: Quotidie morior (2). “Si el grano de trigo al caer en tierra no muere, se queda solo y no produce ningún fruto que valga: Nisi granum frumenti cadens in terram mortuum fuerit, ipsum solum manet (3)”.
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1) I Cor., VII, 29-31.
2) I Cor., XV, 31.
3) S. Juan, XII, 24-25.
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Si no morimos a nosotros mismos y si nuestras devociones más santas no nos llevan a esa muerte necesaria y fecunda, no daremos fruto que valga la pena, nuestras devociones se nos volverán inútiles, todas nuestras justicias (1) serán ensuciadas por nuestro amor propio y nuestra voluntad propia, lo que hará que Dios tenga en abominación los mayores sacrificios y las mejores acciones que podamos hacer; que a nuestra muerte nos encontremos con las manos vacías de virtudes y de méritos, y que no tengamos ni una centella del puro amor, que no se comunica más que a las almas muertas a sí mismas cuya vida está escondida con Jesucristo en Dios (2).
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1) Expresión bíblica equivalente a “obras de justicia”.
2) Coloss., III, 3.
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82. En tercer lugar hay que elegir, entre todas las devociones a la Santísima Virgen, la que más nos lleve a esa muerte a nosotros mismos, como siendo la mejor y la más santificante; pues no hay que creer que todo lo que brilla sea oro, que todo lo que es dulce sea miel, y que todo lo que sea fácil de hacer y practicado por la mayoría sea lo más santificante.
Como hay secretos de naturaleza para hacer en poco tiempo, con pocos gastos y con facilidad ciertas operaciones naturales, hay del mismo modo secretos en el orden de la gracia para hacer en poco tiempo, con suavidad y facilidad, operaciones sobrenaturales, vaciarse de sí mismo, llenarse de Dios y volverse perfecto.
La práctica que quiero descubriros es uno de estos secretos de la gracia, desconocido por la mayoría de los cristianos, conocido por pocos devotos, y practicado y gustado por un número mucho más pequeño aún.
Para empezar a descubrir esta práctica, he aquí una cuarta verdad que es consecuencia de la tercera.
Cfr. “TRAITÉ de La Vraie Dévotion à la Sainte Vierge”, de San Luis María de Montfort, 6e Édition – 48e-62e mille – PÈRES MONTFORTAINS (Cie de Marie), LOUVAIN (Belg.)
Traducido del original francés conservando todo lo posible los términos y redacción del santo autor.




sábado, 5 de abril de 2014

“Al poder de Dios todo está sometido, aún la Virgen; al poder de la Virgen todo está sometido, incluso Dios”.



     El reinado de Cristo Rey, el reinado de María Reina, la esclavitud amorosa al Rey y a la Reina, todo está explicado maravillosamente por San Luis María Grignionde Montfort en estos puntos de su Tratado de la Verdadera Devoción que traducimos del original, para los que creen con simplicidad y grandeza en los grandes misterios de la Fe. No lo creen así, lamentablemente,  los "sabios" (no precisamente los que tienen el don de la Sabiduría) y orgullosos contra los cuales él nos previene, los adeptos conscientes o semi-inconscientes -hoy en día- del igualitarismo modernista o progresista, afín al protestantismo, que se rebela contra el plan jerárquico y ordenado de Dios. 
Que la Ssma. Virgen abra su corazón y los ilumine, y a todos nos conceda esa gracia, en este mes de abril del Año de Gracia 2014, en que se acerca la fiesta del gran apóstol mariano del Antiguo Régimen, que previó con tanta clarividencia los días que corren, el tremendo choque entre los esclavos del demonio, adeptos de la Revolución gnóstica e igualitaria, y los esclavos de Jesús por María, como también el triunfo de esta Reina y soberana por él anunciado, confirmado  especialmente por las Profecías de Fátima y del Buen Suceso, entre otras reconocidas por la Santa Iglesia (ver en este mismo sitio).
(Nota: el espíritu de esta traducción es conservar todo lo posible los términos y el sentido como los da el santo autor, aunque haya frases y formulaciones que pueden ser escritas más castellanamente).
69. Hay dos maneras aquí abajo de pertenecer a otro y de depender de su autoridad, a saber: la simple servidumbre y la esclavitud; esto hace que nos llamemos un servidor o un esclavo.
Por la servidumbre común entre los cristianos, un hombre se compromete a servir a otro durante un determinado tiempo, por medio de cierto salario o de cierta retribución.
Por la esclavitud, un hombre depende enteramente de otro por toda su vida, y debe servir a su amo sin pretender ningún salario ni recompensa, como uno de sus animales, sobre el cual tiene derecho de vida y de muerte.
70. Hay tres clases de esclavitud: de naturaleza, de constreñimiento y de voluntad. Todas las criaturas son esclavas de Dios del primer modo: Domini est terra et plenitudo ejus (1); los demonios y los condenados, del segundo; los justos y los santos lo son del tercero.
La esclavitud de voluntad es la más perfecta, la que da más gloria a Dios, la que mira el corazón (2), y que pide el corazón (3), y que se llama el Dios del corazón (4), o de la voluntad amorosa, porque, por esta esclavitud se escoge, por encima de todas las cosas, a Dios y su servicio, aún cuando la naturaleza no obligue a ello. 
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1) Ps. XXIII, 1: “Al Señor pertenece la tierra con todo lo que contiene”.
2) I Reyes, XVI, 7.
3) Prop., XXIII, 26.
4) Ps. LXXII, 26.
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71. Hay una diferencia total entre un sirviente y un esclavo:
1º Un sirviente no le da a su amo todo lo que es, todo lo que posee y  todo lo que puede adquirir por sí mismo o por otro; pero el esclavo se da todo entero, (con) todo lo que posee y todo lo que puede adquirir, a su dueño, sin excepción alguna.
2º El sirviente exige salarios por los servicios que presta a su señor; pero el esclavo no puede exigir nada, cualquiera sea la frecuencia, industria o fuerza con que deba trabajar.
3º El sirviente puede dejar a su señor cuando quiera, o al menos cuando haya concluido el tiempo de su servicio, pero el esclavo no tiene el derecho de dejar a su amo cuando quiera.
4º El señor del sirviente no tiene sobre él derecho alguno de vida o de muerte, de manera que, si lo matara como a una de sus bestias de carga, cometería un homicidio injusto; pero el amo del esclavo tiene, por ley, derecho de vida y de muerte sobre él, de mantera que lo puede vender a quien quiera, o matarlo como, sin comparación, lo haría con su caballo (*).
5ª Finalmente, el sirviente no está al servicio de un señor más que por un tiempo, y el esclavo, por siempre.
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(*) Nota de los editores (síntesis de nuestra Redacción): Obviamente, San Luis María se refiere a las leyes de los países paganos de su tiempo en los que estaba en vigor la esclavitud (cf. “El Secreto de María”, del mismo santo autor). Haciendo abstracción de la moralidad del acto, quiere mostrar por un ejemplo la total dependencia de la que habla.
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72. Nada hay entre los hombres que nos haga pertenecer más a otro que la esclavitud; nada hay, tampoco, entre los cristianos, que nos haga pertenecer más absolutamente a Jesucristo y a su Santa Madre que la esclavitud voluntaria, según el ejemplo de Jesucristo mismo, que ha tomado la forma de esclavo por nuestro amor; Formam servi accipiens (1), y de la Santa Virgen, que se ha llamado la sierva y la esclava del Señor (2).
El Apóstol se llama por honor servus Christi (3). Los cristianos son llamados varias veces en la Escritura santa servi Christi; palabra ésta servus, según el comentario verdadero hecho por un gran hombre (4), que no significaba antes otra cosa que esclavo, ya que no había aún sirvientes como los actuales y los señores no eran servidos más que por esclavos o libertos.
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1) Philip., II,7.
2) S. Luc., I, 38.
3) Rom., I, 1; Gal., I, 10; Philip., I, 1; Tit. I, 1.
4) Sr. Henri-Marie Boudon, Archidiácono de Evreux (en su libro: La Santa esclavitud a la admirable Madre de Dios, cap. II).
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Es lo que el Catecismo del santo Concilio de Trento, para no dejar ninguna duda de que seamos esclavos de Jesucristo, expresa por un término inequívoco llamándonos mancipia Christi: esclavos de Jesucristo (1).
Expuesto lo anterior:
73. Digo que debemos ser de Jesucristo y servirlo, no sólo como sirvientes mercenarios sino como esclavos amorosos que, por efecto de un gran amor, se dan y se entregan a servirlo en calidad de esclavos, por el solo honor de pertenecerle.
Antes del bautismo éramos esclavos del diablo; el bautismo nos ha hecho esclavos de Jesucristo: hace falta que los cristianos sean o esclavos del diablo o esclavos de Jesucristo (1).
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1) Catechism. Roman., pars I, cap. III, De secundo Symboli articulo (in fine).
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74. Lo que digo absolutamente de Jesucristo, lo digo relativamente de la Santa Virgen. Jesucristo, habiéndola escogido por compañera indisoluble de su vida, de su muerte, de su gloria y de su poder en el cielo y en la tierra, le ha dado por gracia, con relación a su Majestad, todos los mismos derechos y privilegios que El posee por naturaleza: “Quidquid Deo convenit per naturam, Mariae convenit per gratiam… Todo lo que conviene a Dios por naturaleza, conviene a María por gracia”, dicen los santos; de modo que, según ellos, no teniendo ambos sino la misma voluntad y el mismo poder, tienen ambos los mismos súbditos, servidores y esclavos.
75. Se puede, entonces, siguiendo el sentimiento de los santos y de varios grandes hombres, decirse y hacerse esclavo amoroso de la Santísima Virgen, a fin de ser por allí más perfectamente esclavo de Jesucristo.
La Santa Virgen es el medio del que Nuestro Señor se ha servido para venir a nosotros; es también el medio del que debemos servirnos para ir a El: pues Ella no es como las otras criaturas que, si nos adherimos a ellas, podrían más bien alejarnos de Dios que acercarnos a El. La inclinación más fuerte de María es, al contrario, unirnos a Jesucristo, su Hijo; y la inclinación más fuerte del Hijo es que se venga a El por su Santa Madre; y es hacerle honor y placer, como sería hacerle honor y placer a un rey si, para ser más perfectamente súbditos y esclavos suyos, nos hiciéramos esclavos de la reina.
Es por lo que los Santos Padres, y San Buenaventura, después de ellos, dicen que la Santa Virgen es el camino para ir a Nuestro Señor: Via veniendi ad Christum est appropinquare ad illam (1).
76. Además, si, como he dicho (2), la Santa Virgen es la Reina y soberana del cielo y de la tierra: Imperio Dei omnia subjiciuntur et Virgo, ecce imperio Virginis omnia subjiciuntur et Deus (3), dicen San Anselmo, San Bernardo, San Bernardino, San Buenaventura… ¿No tiene Ella tantos súbditos y esclavos como criaturas existen? ¿No es razonable que entre tantos esclavos por constreñimiento los haya de amor que, por una buena voluntad, elijan, en calidad de esclavos, a María, como su soberana?
¡Pues qué! ¿Los hombres y los demonios tendrán sus esclavos voluntarios y no los habría de tener María? ¡Pues qué! Un rey se verá honrado en que la reina, su compañera, posea esclavos sobre los cuales tenga derecho de vida y de muerte (4), porque el honor y el poder de uno es el honor y el poder del otro…; y se podría creer que Nuestro Señor que, como el mejor de todos los hijos, ha hecho parte de todo su poder a su santa Madre vea mal que ella tenga esclavos? ¿Acaso tiene menos respeto y amor por su Madre que Asuero por Esther, y que Salomón por Bersabé? ¿Quién osará decirlo y siquiera pensarlo?
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1) Salterio Mayor de San Buenaventura; Ps. CXVII.
2) Ver nº 38.
3) “Al poder de Dios todo está sometido, aún la Virgen; al poder de la Virgen todo está sometido, incluso Dios”.
4) ver la nota del nº 71, 4º.
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¿Pero, adónde me conduce mi pluma? ¿Por qué me detengo aquí a probar una cosa tan visible? Si no se quiere que se diga esclavos de la Santísima Virgen, ¡qué importa! Que se haga y se diga esclavos de Jesucristo! Es serlo de la Santa Virgen, pues Jesús es el fruto y la gloria de María. Es lo que se hace perfectamente por la devoción de la que hablaremos a seguir.