sábado, 19 de abril de 2014

Debemos vaciarnos de lo que hay de malo en nosotros








ARTICULO III
Debemos vaciarnos de lo que hay de malo en nosotros
TERCERA VERDAD
78. Nuestras mejores acciones son ordinariamente ensuciadas y corrompidas por el mal fondo que hay en nosotros. Cuando se pone agua limpia y clara en una tinaja que huele mal, o vino en una vasija cuyo contenido está echado a perder por otro vino que estuvo allí adentro, el agua clara y el buen vino se echan a perder y fácilmente toman mal olor.
Del mismo modo, cuando Dios pone en la vasija de nuestra alma, echada a perder por el pecado original y actual, sus gracias y rocíos celestiales, o el vino delicioso de su amor, sus dones se echan comúnmente a perder y se ensucian por la mala levadura y el mal fondo que el pecado ha dejado en nosotros; nuestras acciones, y aún las virtudes más sublimes, se resienten.
Es pues de gran importancia para adquirir la perfección, que no se obtiene sino por la unión a Jesucristo, vaciarnos de lo que hay de malo en nosotros: de lo contrario, Nuestro Señor, que es infinitamente puro y odia infinitamente la menor suciedad en el alma, nos rechazará de su vista y no se unirá en absoluto a nosotros.
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Para vaciarnos de nosotros mismos hace falta en primer lugar conocer bien, por la luz del Espíritu Santo, nuestro mal fondo, nuestra incapacidad para todo bien útil a la salvación, nuestra debilidad en todas las cosas, nuestra inconstancia en todo tiempo, nuestra indignidad de toda gracia y nuestra iniquidad en todo lugar.
El pecado de nuestro primer padre nos ha casi totalmente echado a perder, agriado, hinchado y corrompido, como la levadura agria, hincha y corrompe la masa en que se la pone.
Los pecados actuales que hemos cometido, mortales o veniales, tan perdonados como estén, han aumentado nuestra concupiscencia, nuestra debilidad, nuestra inconstancia y nuestra corrupción, y han dejado malos restos en nuestra alma.
Nuestros cuerpos están tan corrompidos que el Espíritu Santo los llama (1) cuerpos del pecado, concebidos en el pecado, alimentados en el pecado y sólo capaces de todo pecado, cuerpos sujetos a mil y mil enfermedades, que se corrompen de día en día y que no engendran más que sarna, parásitos y corrupción.
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1) Rom., VI, 6 – Ps. L, 7
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Nuestra alma, unida a nuestro cuerpo, se ha hecho tan carnal, que es llamada carne: Toda carne había corrompido su camino (2). No teníamos por herencia más que orgullo y ceguera de espíritu, endurecimiento de corazón, debilidad e inconstancia en el alma, concupiscencia, pasiones rebeldes y enfermedades en el cuerpo.
Somos naturalmente más orgullosos que los pavos reales, más apegados a la tierra que los sapos, más feos que los chivos, más envidiosos que las serpientes, más glotones que los cerdos, más coléricos que los tigres y más perezosos que las tortugas, más débiles que las cañas y más inconstantes que las veletas.
No tenemos en nuestro fondo sino nada y pecado, y no merecemos sino la ira de Dios y el infierno eterno (1).
Después de esto, ¿debemos sorprendernos de que Nuestro Señor haya dicho que quien quisiera seguirlo debía renunciar a sí mismo y odiar su alma; que aquel que amara su alma la perdería, y que aquel que la odiase la salvaría (2)?
Esta Sabiduría infinita, que no da sus mandatos sin razón, no nos ordena odiarnos a nosotros mismos sino porque somos grandemente dignos de odio: nada más digno de amor que Dios, nada tan digno de odio que nosotros mismos.
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1) Nota de los editores (síntesis): Lo que San Luis María afirma aquí es nuestra incapacidad de ser fieles sin el auxilio de la gracia.
N. de la R.: …y lo  hace para mejor enseñar que este problema tiene solución practicando la verdadera devoción a la Ssma. Virgen según el método que él enseña en este, su Tratado.
2) S. Juan, XII, 25
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81. En segundo  lugar, para vaciarnos de nosotros mismos hace falta morir a nosotros mismos todos los días; es decir que hay que renunciar a las operaciones de las potencias de nuestra alma y de los sentidos del cuerpo; que hace falta ver como si no viésemos, oír como si no oyésemos, servirnos de las cosas de este mundo como si no nos sirviésemos de ellas (1), lo que San Pablo llama morir todos los días: Quotidie morior (2). “Si el grano de trigo al caer en tierra no muere, se queda solo y no produce ningún fruto que valga: Nisi granum frumenti cadens in terram mortuum fuerit, ipsum solum manet (3)”.
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1) I Cor., VII, 29-31.
2) I Cor., XV, 31.
3) S. Juan, XII, 24-25.
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Si no morimos a nosotros mismos y si nuestras devociones más santas no nos llevan a esa muerte necesaria y fecunda, no daremos fruto que valga la pena, nuestras devociones se nos volverán inútiles, todas nuestras justicias (1) serán ensuciadas por nuestro amor propio y nuestra voluntad propia, lo que hará que Dios tenga en abominación los mayores sacrificios y las mejores acciones que podamos hacer; que a nuestra muerte nos encontremos con las manos vacías de virtudes y de méritos, y que no tengamos ni una centella del puro amor, que no se comunica más que a las almas muertas a sí mismas cuya vida está escondida con Jesucristo en Dios (2).
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1) Expresión bíblica equivalente a “obras de justicia”.
2) Coloss., III, 3.
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82. En tercer lugar hay que elegir, entre todas las devociones a la Santísima Virgen, la que más nos lleve a esa muerte a nosotros mismos, como siendo la mejor y la más santificante; pues no hay que creer que todo lo que brilla sea oro, que todo lo que es dulce sea miel, y que todo lo que sea fácil de hacer y practicado por la mayoría sea lo más santificante.
Como hay secretos de naturaleza para hacer en poco tiempo, con pocos gastos y con facilidad ciertas operaciones naturales, hay del mismo modo secretos en el orden de la gracia para hacer en poco tiempo, con suavidad y facilidad, operaciones sobrenaturales, vaciarse de sí mismo, llenarse de Dios y volverse perfecto.
La práctica que quiero descubriros es uno de estos secretos de la gracia, desconocido por la mayoría de los cristianos, conocido por pocos devotos, y practicado y gustado por un número mucho más pequeño aún.
Para empezar a descubrir esta práctica, he aquí una cuarta verdad que es consecuencia de la tercera.
Cfr. “TRAITÉ de La Vraie Dévotion à la Sainte Vierge”, de San Luis María de Montfort, 6e Édition – 48e-62e mille – PÈRES MONTFORTAINS (Cie de Marie), LOUVAIN (Belg.)
Traducido del original francés conservando todo lo posible los términos y redacción del santo autor.




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