martes, 30 de diciembre de 2008

Intr., 8 - Los ángeles, prosternándose ante Ella, le suplican por gracia que los honre con alguna de sus órdenes - San Miguel, el más celoso


Todos los días, de un confín al otro de la tierra, en lo más alto de los cielos, en lo más profundo de los abismos, todo predica, todo publica a la admirable María.

            Los nueve coros de ángeles, los hombres de todo sexo, edad, condición, religión, buenos y malos,  hasta los diablos, se ven obligados a llamarla Bienaventurada, de buen o mal grado, por la fuerza de la verdad.

Todos los ángeles en los cielos la proclaman incesantemente -ha dicho San Buenaventura- Sancta, sancta, sancta Maria, Dei Genitrix et Virgo [1]; y le ofrecen millones y millones de veces todos los días la salutación de los ángeles, Ave, Maria,…, prosternándose delante de Ella y pidiéndole por gracia honrarlos con algunas de sus órdenes.

Inclusive San Miguel (quien), dice San Agustín, no obstante ser el Príncipe de toda la corte celestial, es el más celoso en rendirle y en hacerle rendir toda clase de honras, siempre a la espera de tener el honor de ir, a su indicación, a prestar un servicio a alguno de sus servidores.

 



[1] “Santa, santa, santa eres Tú, oh María, Madre de Dios y siempre Virgen”. Cf. San Buenaventura, Psalter majus B.V., Hymn., instar Hymni Ambrosiani.

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