viernes, 22 de mayo de 2009

La exterminadora de los enemigos de Dios y la fiel compañera de sus grandezas y triunfos

La batalla de Lepanto: Nuestra Señora es realmente la exterminadora de los enemigos de Dios

28. María manda en los cielos sobre los ángeles y bienaventurados. Como recompensa de su humildad profunda, Dios le ha dado el poder y la misión de llenar de santos los tronos vacíos de los que cayeron, por orgullo, los ángeles apóstatas.

Tal es la voluntad del Altísimo, que exalta a los humildes (S.Luc., I, 52), que el Cielo, la tierra y los infiernos se inclinen, de buen o mal grado, a los mandatos de la humilde María, que El ha hecho la soberana del cielo y de la tierra, la generala de sus ejércitos, la tesorera de sus tesoros, la dispensadora de sus gracias, la obradora de sus grandes maravillas, la reparadora del género humano, la medianera de los hombres, la exterminadora de los enemigos de Dios y la fiel compañera de sus grandezas y triunfos.

cf. San Luis María Grignion de Montfort, Traité de la Vraie Dévotion à la Sainte Vierge, Cap. I: Necesidad de la Devoción a la Santa Virgen, Artículo I, 2º Principio: Dios quiere servirse de María en la santificáción de las almas, pp. 30-31; "Le Livre d'Or", Pères Montfortains, Louvain, Belgique, 1960.

Comentario
San Luis María, sagrado escritor profético, condensa en pocas palabras verdades abismales.
Describe el plan divino: que los tronos que los ángeles apóstatas perdieron por orgullo, sean llenados con hombres y mujeres santos, por obra de María, "reparadora del género humano". ¿Cuánto habría para decir sobre designación tan maravillosa? Imaginamos a algún progresista abierto o encubierto (son los peores...), minimizando el alcance y la seriedad de esta expresión.
Ella es la soberana que El ha constituido, la generala de sus ejércitos, la compañera de sus grandezas y triunfos. ¿Dónde se dan las batallas que dan lugar a esos triunfos? En las almas, en la sociedad, a veces en un terreno mixto, como el gran triunfo de Lepanto sobre los turcos musulmanes, enemigos radicales del Catolicismo, que repercutió en el plano material, en el balance de fuerzas que resultó desfavorable para el Islam; y en el plano psicológico, tan fundamental.
El triunfo en "la mayor batalla que vieron los siglos" , como se dijo entonces, con intervenciones milagrosas -entre ellas, la del Santo Cristo de Lepanto- dio lugar a la festividad de Ntra. Sra. del Rosario de la Victoria y Auxilio de los Cristianos, instituida por San Pío V, Papa artífice de la Santa Alianza contra el poderío mahometano.
Vemos ahí la acción de la Virgen, inspirando una empresa difícil y arriesgada, ayudando a los hombres a vencer los obstáculos, las resistencias, los intereses mezquinos que dificultaban la alianza, en tiempos renacentistas, de maquiavelismo, de "razón de estado". Conduciendo a la victoria de las armas católicas del Papa, del Rey Católico Felipe II de Austria, de su hermano y generalísimo, el bravo don Juan de Austria, de la fiel Nobleza romana, de la audaz y emprendedora Venecia, mediante su intervención milagrosa.
Al describir así el papel de la Virgen, recordando la lucha entre el bien y el mal que es el centro de la vida humana (ver Job, Génesis, etc.), y de la Historia, San Luis María destruye todo resto de complacencia progresista y relativista, que finge ignorar esa lucha y las insalvables diferencias y oposiciones entre los que están a favor y en contra de la ley de Cristo y de la Cristandad; de la piedad sentimental e individualista que prevaleció algunas décadas atrás, ajena a toda idea de Cristiandad y que considera el "orden de cosas" revolucionario en que vivimos como algo normal...; cuando se decía bajo cuerda que "Dios no castiga", que no hay que combatir el mal porque todos los hombres son buenos, porque cada uno "tiene su verdad", que la Virgen no interviene en los acontecimientos.
Si nosotros pedimos su intervención, esperando contra toda esperanza, como dice San Pablo, Ella intervendrá. Y entra en ello obviamente la suma caridad, que es el amor a Dios, a que se haga su voluntad así en el Cielo como en la tierra, y que lleva a pelear "el buen combate" para el bien de las almas y de la sociedad, combate doctrinario en primer lugar, y también, a veces -como en Lepanto-, cuando peligra una nación o toda la Cristiandad, legítimo combate físico.
Es conforme esa esperanza a lo que la Virgen reveló en Fátima, cuando anunció el triunfo de su Inmaculado Corazón. O esto es así, o las palabras del Santo doctor mariano, y de las Revelaciones de Fátima, no tienen sentido... ¿Quién se atreverá a sostener tamaña injuria a la Fe y el buen sentido?

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