miércoles, 18 de noviembre de 2020

'Antes que tomar aquel camino presuntamente tan perfecto..., yo preferiría seguir el camino inmaculado de María' (TVD, § 3°, 158)

 



158. Que me abran un nuevo camino para ir a Jesucristo, y que ese camino esté pavimentado con todos los méritos de los bienaventurados, adornado con todas sus virtudes heroicas, alumbrado y embellecido con todas las luces y bellezas de los ángeles, y que todos los ángeles y santos estén allí para conducir, defender y sostener a aquellos y aquellas que quieran ir por él; en verdad, en verdad, afirmo audazmente, y digo la verdad, que antes que tomar aquel camino presuntamente tan perfecto, yo preferiría seguir el camino inmaculado de María: Posui immaculatam viam meam 1), senda y camino sin mancha ni lodo alguno, sin pecado original ni actual, sin sombras ni tinieblas. Y si mi amable Jesús en su gloria viene una segunda vez al mundo (como es cierto que ha de venir), para reinar en él, no escogerá otro camino para su venida que la divina María, por la cual tan segura y perfectamente ha venido la primera vez.

La diferencia que habrá entre su primera y última venida es que la primera fue secreta y escondida, y la segunda será gloriosa y resplandeciente; pero ambas perfectas, porque ambas serán por María. ¡Ay! He aquí un misterio que no se comprende: Hic taceat omnis lingua 2).

1)      Ps. XVIII, 33: Hice inmaculado mi camino

2)      “¡Que aquí enmudezca toda lengua!"

Comentario de IPSA CONTERET:

Traité de la Vraie Dévotion à la Sainte Vierge

PÈRES MONTFORTAINS (Cie de Marie)


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martes, 17 de noviembre de 2020

Esta devoción es un camino perfecto (TVD, § 3º, 157)

 


§ 3º Esta devoción es un camino perfecto

157. Esta práctica de devoción a la Santísima Virgen es un camino perfecto para ir y unirse a Jesucristo, porque la divina María es la más perfecta y la más santa de las puras criaturas, y Jesucristo, que vino de una manera perfecta a nosotros, no tomó otra ruta en su grande y admirable viaje. 

El Altísimo, el Incomprensible, el Inaccesible, El que Es, quiso venir a nosotros, gusanillos de la tierra, que nada somos. ¿Y cómo se hizo esto? El Altísimo descendió perfecta y divinamente por la humilde María hasta nosotros, sin perder nada de su divinidad y santidad; y es por María que los muy pequeños deben subir perfecta y divinamente al Altísimo, sin nada temer.

El Incomprensible se dejó comprender y contener perfectamente por la pequeña María, sin perder nada de su inmensidad; y es también por la pequeña María que debemos dejarnos contener y conducir perfectamente sin reserva alguna.

El Inaccesible se acercó, se unió estrechamente, perfectamente y aún personalmente a nuestra humanidad por María, sin perder nada de su majestad; y es también por María que hemos de acercarnos a Dios, y unirnos a su Majestad perfecta y estrechamente sin temor de ser rechazados.

Finalmente, Aquel que Es  quiso venir a lo que no es, y hacer que lo que no es llegue a ser Dios, o Aquel que es; y esto lo hizo perfectamente, entregándose y sometiéndose enteramente a la joven Virgen María, sin cesar de ser en el tiempo Aquel que es de toda la eternidad. Así también es por María que nosotros, aunque nada seamos, podemos llegar a ser semejantes a Dios por la gracia y la gloria, entregándonos a Ella tan perfecta y enteramente, que no seamos nada en nosotros mismos y todo en ella, sin temor de engañarnos.

Comentario de IPSA CONTERET:

Traité de la Vraie Dévotion à la Sainte Vierge

PÈRES MONTFORTAINS (Cie de Marie)


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¿Por qué Jesús pasó casi toda su vida en sumisión y obediencia a su Madre? (TVD, 156)

 



156. ¿Por qué creéis que Jesús vivió tan poco en la tierra, y que, en los pocos años que vivió en ella, pasó casi toda su vida en sumisión y obediencia a su Madre? ¡Ah! Es porque, habiendo consumado en poco tiempo su carrera 1), vivió largos años, y más largamente que Adán, cuyas pérdidas vino a reparar, aunque éste haya vivido más de novecientos años; y Jesucristo vivió largamente porque vivió bien sumiso y bien unido a su Santa Madre para obedecer a Dios, su Padre; porque: 1°:  aquel que honra a su madre es semejante a un hombre que reúne un tesoro, dice el Espíritu Santo; es decir que aquel que honra a María, su Madre, hasta someterse a Ella, y obedecerle en todas las cosas, se hará muy rico, pues todos los días acumula tesoros por el secreto de esta piedra filosofal: Qui honorat matrem, quasi qui thesaurizat 2); 2°: porque, de acuerdo a una interpretación espiritual del Espíritu Santo: “Senectus mea in misericordia uberi – Mi vejez se encuentra en la misericordia del seno” 3): es en el seno de María que rodeó y engendró a un varón perfecto 4) , y que tuvo la capacidad de contener a Aquel que todo el Universo no abarca ni contiene 5); es en el seno de María, digo, donde los jóvenes se hacen viejos en luz, en santidad, en experiencia y en sabiduría, y llegan en pocos años a la plenitud de la edad de Jesucristo.

1) Cf. Sab., IV, 13

2) Eclesiástico, III, 5

3) Ps. XCI, 11

4) Cf. Jerem., XXXI, 22

5) Cf. Gradual de la Misa de la Santísima Virgen (de Pentecostés a Adviento); 1er Responsorio del Oficio de la Santa Virgen


Comentario de IPSA CONTERET:

Traité de la Vraie Dévotion à la Sainte Vierge - San Luis María Grignion de Montfort

PÈRES MONTFORTAINS (Cie de Marie)


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lunes, 16 de noviembre de 2020

Esta devoción es un camino corto para encontrar a Jesucristo (TVD, § II,155)

 


§ II – Esta devoción es un camino corto

155. Esta devoción a la Santísima Virgen es un camino corto para encontrar a Jesucristo, ya sea porque en él no hay extravío, o porque, como acabo de decir, por él se camina con más alegría y facilidad y, por tanto, con más prontitud. Se avanza más, en poco tiempo de sumisión y dependencia de María, que en años enteros de voluntad propia y de apoyo en sí mismo; porque el varón obediente y sometido a la divina María cantará victorias 1) insignes sobre todos sus enemigos.  Ellos querrán impedirle caminar o hacerlo caer, es verdad; pero con el apoyo, la ayuda y la dirección de María, sin caer, sin retroceder y aún sin detenerse, avanzará a pasos de gigante hacia Jesucristo por el mismo camino por donde está escrito 2) que Jesús ha venido hacia nosotros a paso de gigante y en breve tiempo.

1) Prov., XXI, 28

2) Ps. XVIII, 6

Comentario de IPSA CONTERET:

Traité de la Vraie Dévotion à la Sainte Vierge - San Luis María Grignion de Montfort

PÈRES MONTFORTAINS (Cie de Marie)


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sábado, 14 de noviembre de 2020

JESUCRISTO, Su Vida, Su Pasión, Su triunfo, del Padre Berthé - Cap. V - La Presentación

 


CAPÍTULO V. La Presentación en el templo.

LA CIRCUNCISIÓN. — EL NOMBRE DE JESÚS. — PRESCRIPCIONES LEGALES — MARÍA EN EL TEMPLO. — PROFECÍA DE AGEO. — EL SANTO ANCIANO SIMEÓN. — « NUNC DIMITTIS”— GRAVE PREDICCIÓN. ANA, LA PROFETISA. PURIFICACIÓN Y PRESENTACION. (LUC. II, 21-38.)

AL octavo día después de su nacimiento, el Niño fué circuncidado en la gruta de Belén. José pronunció las palabras del rito sagrado: « Alabado sea nuestro Dios que ha impreso su ley en nuestra carne y marcado á sus hijos con el signo de la alianza para hacerlos partícipes de las bendiciones de Abraham nuestro padre ». (1).

(1)    Ver el Rational de Durand (edición Vives) III. 429.

 

El hijo de María llegaba á ser de esta manera hijo de Abraham, el hijo de la promesa, el hombre misterioso á quien Jehová, para consolar al santo patriarca, glorificaba con estas palabras: « Yo te daré un hijo en quien serán bendecidas todas las naciones de la tierra ».

El día de la circuncisión los padres acostumbraban imponer un nombre al recién nacido. El niño del pesebre fué llamado Jesús, es decir, Salvador. Nombre mil veces bendito que el ángel había traído del cielo para significar la misión del Verbo encarnado; nombre dulce á nuestros labios como la miel, á nuestros oídos como un cántico armonioso, á nuestro corazón como un gusto anticipado del Paraíso; (1) nombre sobre todo nombre, ante el cual se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos (2).

Después de esta ceremonia, José y María se establecieron en una humilde casa de Belén, creyendo que el Mesías debía residir en aquella ciudad de David designada por los profetas como su cuna y adonde una circunstancia providencial lo había conducido. Desde allí, el cuadragésimo día después del nacimiento de Jesús se dirigieron á Jerusalén para cumplir otras prescripciones legales.

Dios había dicho á Moisés: « La mujer que ha dado á luz un hijo, se abstendrá de asistir al templo durante cuarenta días. El día cuadragésimo, presentará al sacrificador un cordero de un año y una tortolilla en ofrenda por el pecado. Si no pudiera procurarse un cordero, ofrecerá dos tortolillas. El sacrificador rogará por ella y con esto, quedará purificada (3).— « Además, me serán consagrados los primogénitos. Los rescataréis al precio de cinco siclos de plata. Si vuestros hijos os interrogaren sobre este rescate, les responderéis que Jehová os sacó de Egipto inmolando todos los primogénitos de los Egipcios y que en recuerdo de esta libertad, le consagráis los primogénitos de vuestros hijos » (4).

Esta doble ley obligaba á todas las madres excepto á la Virgen Madre; y á todos los primogénitos éxcepto al NiñoDios. Evidentemente, la que concibió del Espíritu Santo y dió á luz al Santo de los Santos, no tenía mancha alguna de qué purificarse; así como el que nació para rescatar al mundo, no tenía necesidad de rescatarse á sí propio; pero quiso Dios dejar en la oscuridad de la vida común á los dos privilegiados de su corazón, para dar á la tierra una lección sublime de obediencia y humildad.

(1) San Bernardo. Off. S. Nom. Jesu,

(2) Ad Philipp. II. 9-10.

(3) Levit. XII.

(4) Exod, XIII.



En el día fijado por la ley, la divina familia se encaminó á la ciudad santa. María llevaba al Niño en sus brazos; seguíalos José con la humilde ofrenda que debía presentar la pobre madre. Después de algunas horas de marcha, entraron en Jerusalén. Los príncipes de los sacerdotes, pontífices y doctores, ni sospecharían acaso que pasaba delante de sus ojos aquel mismo Mesías cuyos gloriosos destinos tantas veces habían predicado al pueblo. Habrían respondido con una sonrisa de desprecio á quien les hubiera mostrado en ese niño al Libertador de Israel.

María se dirigió al templo, dichoso abrigo de sus primeros años. Al subir con Jesús por las gradas del majestuoso edificio, acordábase involuntariamente de la predicción del profeta Ageo. Quinientos años antes, los restos de las tribus cautivas vueltos de Babilonia, reedificaban la ciudad y el templo, y los ancianos no podían contener sus lágrimas al recordar las magnificencias desaparecidas para siempre. « No lloréis, exclamó entonces el profeta; esperad un poco y el Deseado de las naciones llenará de esplendor esta casa. La gloria del nuevo templo eclipsará la del primero ». (1) La predicción se cumplía en aquel día en que la presencia del Cristo glorificaba y santificaba la casa de Dios; pero, como en el pesebre, dejaba á los sabios sumidos en las tinieblas y sólo se revelaba á los humildes.

Había entonces en Jerusalén un venerable anciano llamado Simeón. Fiel á Dios y confiado en sus promesas, no sólo aguardaba al consolador de Israel, sino que una esperanza aun más dulce llenaba su corazón de una santa alegría. El Espíritu divino por secretas inspiraciones le había anunciado que no moriría antes de ver con sus ojos al Mesías de Jehová.

(1)    Agg, II. 8-10.

 

En aquel día, conducido por el espíritu de Dios, el santo anciano llegó al templo. Cuando José y María penetraron en el sagrado recinto, Simeón divisó al niño en los brazos de su madre. Su mirada se detuvo fijamente en Jesús, sus ojos se humedecieron en lágrimas y su alma, súbitamente iluminada, descubrió al Hijo de Dios bajo los velos de su humanidad. Al punto, arrebatado en un santo transporte, toma al niño en sus brazos, lo estrecha sobre su corazón y con voz trémula de emoción, le dice: « ¡Bendito seas, Señor! Has cumplido tu palabra; ahora puedo morir en paz, pues mis ojos han visto al Salvador, á Aquel que habéis enviado á todas las naciones, luz de los pueblos, gloria de Israel ».

Así habló el hombre de Dios. José y María oían llenos de admiración aquel himno de alabanza en honor del divino Niño, cuando ven que la frente del anciano palidece, como si un doloroso pensamiento turbase su espíritu. Bendijo á los dos santos esposos y luego dijo á la madre: «Este niño ha venido para ruina y resurrección de muchos en Israel. Será blanco de contradicción entre los hombres y con ocasión de su venida, los pensamientos ocultos en el fondo de los corazones quedarán patentes como en pleno día. En cuanto á vos ¡oh madre! una espada de dolor atravesará vuestra alma ». Con esas palabras el profeta anunciaba la oposición de los Judíos al reino del Mesías y hacía entrever el Gólgota. María comprendió el martirio que la esperaba y sin turbarse respondió como en otra ocasión al ángel: « Que se cumpla en su sierva la voluntad de Dios ».

En este momento solemne llegó al templo un nuevo testigo que Dios enviaba para reconocer y glorificar al divino Niño. Era Ana, la profetisa, la hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Viuda, después de siete años de matrimonio, aquella mujer venerable entonces de edad de ochenta años, llevaba una vida santa. Pasaba sus días en la casa de Dios, maceraba su cuerpo con ayunos continuos y día y noche elevaba sus súplicas ante el altar del Señor. Como el anciano Simeón, reconoció en el Niño al Mesías prometido á su pueblo y transportada de gozo, estalló en acciones de gracias y dió testimonio de Jesús delante de todos los que esperaban la redención de Israel.

Después de estas manifestaciones gloriosas al par que sombrías, María se acercó al atrio de los Judíos. Un sacrificador recibió las dos tortolillas, oblación de la pobre madre y recitó en su presencia las oraciones del sagrado rito. El sacerdote la introdujo entonces en el recinto interior para la ceremonia de la presentación. Juntamente con José, María puso el niño en manos del Ministro de Jehová y después de pagar los cinco siclos de rescate, lo recibió nuevamente en sus brazos. En aquel momento, en vez de recobrar la libertad que le aseguraban las formalidades legales, el Niño-Dios se sometía voluntariamente á la esclavitud y consagrándose del todo á la gloria de su Padre, se ofrecía como víctima por la salvación de la humanidad. María y José, movidos por el mismo amor, ofrecían á Dios como obra suya el tesoro depositado en sus manos. Cumplidas las prescripciones de la ley, los santos esposos volvieron á tomar el camino de Belén.

 



JESUCRISTO, Su Vida, Su Pasión, Su triunfo, del Padre Berthé - Cap. V - La Presentación

viernes, 13 de noviembre de 2020

Si esta devoción a la Santa Virgen hace más fácil el camino para encontrar a Jesucristo, ¿a qué se debe que sus siervos fieles sean los más crucificados? (TVD, 153-4)

 

Santa Beatriz de Silva, fundadora de las Concepcionistas, descendiente de familias de gran Nobleza, que fue encerrada en un cofre por celos, sobreviviendo por un milagro de su Angel de la Guarda (Si desea conocer su vida, vea nota al pie*)

153. ¿De dónde viene, entonces -me preguntará algún siervo fiel de María-, que los fieles siervos de esta bondadosa Madre tienen tantas ocasiones de sufrir, y más que los otros, que no le son tan devotos? Los contradicen, los persiguen, los calumnian, no los pueden tolerar; o bien andan en tinieblas interiores y desiertos en que no cae la menor gota de rocío del cielo. Si esta devoción a la Santa Virgen hace más fácil el camino para encontrar a Jesucristo, ¿a qué se debe que sean los más crucificados?




154. Yo le contesto que es muy cierto que, siendo los más fieles siervos de Nuestra Señora sus mayores favoritos, reciben de Ella las mayores gracias y favores del Cielo, que son las cruces; pero sostengo también que son los siervos de María los que llevan las cruces con más facilidad, mérito y gloria; y que lo que detendría mil veces a otro, o lo haría caer, a ellos no los frena ni una sola vez y los hace avanzar, pues esta buena Madre, toda llena de gracias y de la unción del Espíritu Santo, confita todas estas cruces que Ella les talla, con el azúcar de su dulzura maternal y con la unción del puro amor; de modo que ellos las tragan alegremente como nueces confitadas, aunque sean, de por sí, muy amargas. Y creo que una persona que quiera ser devota y vivir piadosamente en Jesucristo, y por tanto sufrir persecución y cargar todos los días su cruz, no llevará jamás grandes cruces, o no las llevará alegremente hasta el fin sin una tierna devoción a la santa Virgen, que es la confitura de las cruces: así como tampoco una persona podría comer sin una gran violencia -que no será duradera-, nueces verdes, no confitadas con azúcar.

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(*) Solicite gratuitamente por mail a: civilizacioncristianaymariana@gmail.com: SANTA BEATRIZ, EL COFRE MILAGROSO  Y EL ARBOL ESPIRITUAL DE LA INMACULADA, de Elena Beatriz Brizuela y Doria de Mesquita Errea, XIV JORNADA DE CULTURA HISPANOAMERICANA POR LA CIVILIZACION CRISTIANA Y LA FAMILIA, Salta, 12 y 13 de Octubre de 2018

Comentario de IPSA CONTERET:

Traité de la Vraie Dévotion à la Sainte Vierge - San Luis María Grignion de Montfort

PÈRES MONTFORTAINS (Cie de Marie)


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domingo, 8 de noviembre de 2020

JESUCRISTO, Su Vida, Su Pasión, Su triunfo, del Padre Berthé - Cap. IV - La gruta de Belén

 


CAPÍTULO IV. La gruta de Belén. PROFECÍA DE MIQUEAS. — EL EMPERADOR AUGUSTO . — EL CENSO DE CYRINO. — JOSÉ Y MARÍA EN BELÉN. — EL ESTABLO, EL NACIMIENTO DEL NIÑO-DIOS. — LOS ÁNGELES Y LOS PASTORES. «GLORIA 1N EXCELSIS» . (LUC. II , 1-21.)

MIENTRAS aguardaba el nacimiento del divino Niño, María recorría en su memoria los textos sagrados relativos al advenimiento del Mesías. Iniciada en el conocimiento de las Escrituras, no ignoraba la  « célebre profecía de Miqueas: «Belén Efrata, tú eres, muy pequeña entre las numerosas ciudades de Judá, y sin embargo de tu seno saldrá el dominador de Israel, El que existe desde el principio y cuya generación remonta hasta la eternidad ». (1).

 (1) Miqueas V, 2

Según estas textuales palabras, los doctores afirmaban unánimemente que el Cristo nacería en Belén como David su abuelo. Pero ¿cómo se cumpliría esta predicción, ya que María, domiciliada en Nazaret, no tenía motivo alguno para trasladarse á Belén? Un hombre fué, sin saberlo, el instrumento elegido por la Providencia para resolver esta dificultad; y á fin de manifestar al mundo que los potentados de la tierra no son más que meros ejecutores de sus eternos decretos, Dios quiso que este hombre fuera el mismo Emperador.

Augusto reinaba entonces en el Oriente y en el Occidente. Naciones antes tan orgullosas de su independencia como Italia, España, Africa, Grecia, la Galia, Gran Bretaña, Asia Menor, transformadas en simples provincias del imperio, soportaban la ley del vencedor. Durante largo tiempo, esforzáronse estos pueblos por sacudir el yugo; pero, ni el Africano protegido por el mar, ni el Germano oculto tras el baluarte de sus impenetrables bosques, ni el Bretón perdido en el Océano, pudieron resistir á las legiones de la invencible Roma. Todos depusieron sus armas y el emperador en señal de paz universal, hizo cerrar el templo de Jano. (1): Considerado como un dios, se le elevaron templos, se le discernieron apoteosis y se le llamó «la salud del genero humano ». (2).

En la época en que debía nacer el verdadero Salvador del mundo, quiso el gran Emperador conocer con exactitud la extensión de sus dominios y el número de sus súbditos. Con este fin, un edicto imperial mandó hacer un censo general de la población, tanto en los reinos tributarios como en los pueblos incorporados al imperio. La Judea debía también cumplir este edicto, porque el reino de Herodes, simple feudo revocable á voluntad, dependía del gobierno de Syria.

En diciembre de 749, (3), Cyrino, que gobernaba juntamente con Sextio Saturnino, llegó á Palestina para presidir las operaciones del empadronamiento. Dióse orden á los jefes de familia, á mujeres y niños, de inscribir en los registros públicos su nombre, edad, familia, tribu, estado de fortuna y otros detalles que debían servir de base al impuesto de capitación. Además de esto, cada uno debía inscribirse, no en el lugar de su domicilio, sino en la ciudad de donde era originaria su familia, porque allí se conservaban los títulos genealógicos que establecían, con el orden de descendencia, el derecho de propiedad y de herencia.

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(1)Este templo, uno de los más célebres de Roma, cerrado en tiempo de paz, permanecía abierto en tiempo de guerra. Suetonio hace notar (in Aug. 2) que, desde la fundación de Roma hasta Augusto, no estuvo cerrado sino dos veces.' _

(2) En las monedas acuñadas con la efigie de Augusto, se leía esta inscripción: Salus generis humani (Suet- in Aug.).

(3) El edicto con fecha del año 746, tuvo su aplicación en Judea tres años más tarde.

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Esta última prescripción obligó á José y María, ambos de la tribu de Judá y de la familia de David, á trasladarse de Nazaret á Belén, lugar del nacimiento de David su progenitor. Al atravesar las montañas de Judea, María, próxima ya á ser madre, admiraba cómo Dios mismo la conducía al lugar en que debía nacer el Mesías, y cómo un edicto imperial ponía «en movimiento á todos los pueblos del universo, á fin de que la profecía hecha siete siglos antes por un Vidente de Israel, tuviera exacto cumplimiento.

Los dos viajeros llegaron á Belén agobiados por las fatigas, después de veintidós leguas de camino. Los últimos rayos del sol iluminaban la ciudad de David, sentada como una reina en la cima de una colina circundada de risueños olivares y viñedos. Era Belén la casa del pan, la ciudad de ricas mieses; Efrata, la fértil, lugar de abundantes pastos. En aquellas alturas vivía la bella Noemí cuando el hambre la obligó á desterrarse al país de Moab; en los campos vecinos, Rut la Moabita, recogía las espigas olvidadas por los segadores de Booz; en aquellos valles solitarios, David, niño aún, apacentaba sus rebaños cuando el profeta envió á buscarlo para consagrarlo rey de Israel.

Hollando aquel suelo bendito, los santos viajeros evocaban los piadosos recuerdos de su nación, ó más bien, de su familia. Desde las casas de la ciudad, desde las montañas y los valles salían voces que les hablaban de sus antepasados y sobre todo del gran rey cuyos últimos vástagos eran ellos. Pero en aquella época ¿quién conocía á la Virgen de Nazaret y á José el carpintero?

Al entrar en la ciudad, encontráronse como perdidos en medio de los extranjeros llegados de todos los puntos del reino para hacerse inscribir. En vano golpearon á todas las puertas en demanda de un asilo en que pasar la noche; ninguna se abrió para recibirlos. Llenos de parientes y amigos, los Belenitas rehusaron hospedar á esos desconocidos que además tenían las apariencias de gente pobre y humilde. José y María se dirigieron entonces á la posada pública en que de ordinario se detenían las caravanas; pero allí mismo encontraron tan gran número de viajeros y bestias de carga, que les fué imposible instalarse.

Rechazados de todas partes, los dos santos viajeros salieron de la ciudad por la puerta de Hebrón. Apenas habían dado algunos pasos en esta dirección, cuando divisaron una sombría caverna abierta en los flancos de una roca.

El Espíritu de Dios les inspiró el pensamiento de detenerse allí. Penetrando en aquel triste recinto, reconocieron que era un establo en que se refugiaban los pastores y los rebaños.- Allí había paja y un pesebre para los animales, y la hija de David, después de largo y penoso viaje, reclinóse sobre una gran piedra.

Pronto el bullicio cesó: un silencio solemne reinó en la ciudad entregada al reposo. Sola en aquella gruta abandonada, María velaba y derramaba su corazón delante del Eterno. De repente, hacia la media noche, el Verbo encarnado sale milagrosamente del seno de su madre y aparece ante sus ojos atónitos como un rayo de sol que deslumbra. María lo adora como á su Dios, tómalo en sus brazos, envuélvelo en pobres pañales y lo estrecha á su corazón de madre; y luego, ocupando el pesebre en que los animales tomaban su alimento, lo recostó sobre un poco de paja.

Y desde aquel establo que le servia de abrigo, desde aquel pesebre convertido en su cuna y desde aquella paja que lastimaba sus delicados miembros, el Niño decía á su Padre celestial: « Vos no habéis querido sangre de animales, me habéis dado esta carne formada por vuestras manos; héme aquí, pues, Dios mío, pronto á inmolarme á vuestra voluntad». (1). De esta manera el Redentor ofrecía á la majestad divina las primicias de sus sufrimientos y humillaciones. Arrodillados á su lado José y María, con los ojos anegados en lágrimas, se unían á su oblación.

(1) Ád Hebr. X, 9.

En aquella noche misteriosa, algunos pastores guardaban sus rebaños en un valle vecino al establo en que había nacido el Hijo de Dios.

Como los pastores de los primeros tiempos Abraham, Isaac y Jacob, complacíanse en meditar los divinos oráculos. Muchas veces con los ojos fijos en el cielo, habían suplicado á Jehová que enviara por fin al Libertador cuyo próximo advenimiento anunciaban los sabios de Israel. El Señor se dignó recompensar la fé de aquellos humildes pastores. Iluminando la oscura noche que cubría montañas y valles, una claridad divina se esparció súbitamente alrededor de ellos y un ángel del cielo apareció ante sus ojos deslumbrados. A la vista de aquel espectáculo, sintiéronse poseídos de temor, pero el ángel los tranquilizó diciéndoles:  “No temáis, vengo á anunciaros un gran gozo para vosotros y para todo el pueblo. Hoy día, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador; es el Cristo, es el Señor que esperáis. Hé aquí la señal con que le reconoceréis: hallaréis un niño pequeño envuelto en pañales y recostado en el pesebre de un establo».

Cuando el ángel hubo pronunciado estas palabras, multitud de espíritus celestes se unieron á él y juntos alabaron al Señor. «Gloria á Dios en lo más alto de los cielos, exclamaron y paz en la tierra á los hombres de buena voluntad». Luego, las voces se apagaron, desaparecieron los ángeles y se extinguieron las celestes claridades.

Solos de nuevo los pastores y asombrados por lo que acababan de ver y de oir, dijéronse los unos á los otros: «Vamos á Belén á ver con nuestros ojos el gran prodigio que los ángeles nos han anunciado», y dirigiéndose á toda prisa hacia el establo, encontraron allí, efectivamente, á José y María, y al Niño recostado en el pesebre. Al verlo, reconocieron en él al Salvador y, prosternados á sus pies, dieron gracias á Dios por haberles llamado á adorarle.

Los pastores dejaron la gruta glorificando al Señor por las maravillas verificadas ante sus ojos. Bien pronto publicaron; con gran sorpresa de sus compatriotas, lo que habían visto y oído; y el eco de las montañas repitió en todo Judá las palabras evangélicas: «Gloria á Dios, paz en la tierra». Y desde entonces, cuando cada año llega aquella noche, entre todas venturosa, los discípulos del Cristo entonan de nuevo y con amor, el himno de los ángeles: i Gloria in excélsis ». Entretanto María, testigo atento de los hechos maravillosos con que el Señor manifestaba al mundo la divinidad del Niño, grababa fielmente en su corazón tan dulces y tiernos recuerdos.

Así apareció en medio de sus súbditos el Cristo-Rey, cuatro años antes de terminar el cuarto milenario, el año 749 de la fundación de Roma; cuadragésimo del reinado de Augusto y treinta y seis del gobierno de Herodes rey de Judea. ¡Cuán lejos estaría de imaginarse el Emperador que aquel día, primero de la nueva era, sus oficiales inscribirían en los registros del empadronamiento un nombre más grande que el suyo; que un niño nacido en un establo fundaría un reino más extenso que su dilatado imperio; y que en fin, la humanidad, sustraída á la tiranía de los Césares, contaría sus fastos gloriosos, no ya desde la fundación de Roma, sino desde la Natividad del Cristo Redentor!

Sigue en Cap. V